Aconteció después de estas cosas, que probó Dios a Abraham, y le dijo: Abraham. Y él respondió: Heme aquí. Y dijo: Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré. Y Abraham se levantó muy de mañana, y enalbardó su asno, y tomó consigo dos siervos suyos, y a Isaac su hijo; y cortó leña para el holocausto, y se levantó, y fue al lugar que Dios le dijo. Génesis 22:1-3
Hay una palabra que viene a la mente cuando uno lee esta historia de Abraham. Es la palabra “Obediencia”. Y es que obedecer a veces es muy difícil, más cuando aquello que ha sido ordenado va en contra de nuestra voluntad humana. Digo humana, porque nuestro espíritu siempre querrá hacer la voluntad de Dios, pero nuestra carne se rehúsa a llevarla a cabo. No creas que a Abraham le fue fácil sacrificar a su único hijo a quien amaba. Tenemos que entender una cosa, y es que Dios sabe por qué nos manda hacer lo que nos manda hacer. Casi siempre lo cuestionamos, queremos entender desde un principio el ¿Por qué? Y el ¿Para qué? de las cosas, pero Dios que es un Padre Perfecto no tiene por qué responder a esas preguntas. Seguramente estás pasando por un momento en donde no entiendes el por qué ni el para qué de lo que Dios te ha ordenado, sólo se fiel y sométete a su voluntad, pues si lo haces serás testigo de sus maravillas en tu vida. A Dios no hay que entenderlo para obedecerlo.
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